Fuentes fidedignas. Por Isaias Alvarez
Dicen que en política hay dos cosas que nunca se olvidan: las promesas incumplidas y las deudas. Y si alguien debería saberlo es Ramón Garza Barrios.
Resulta que el exalcalde que dejó a Nuevo Laredo con una deuda superior a los mil millones de pesos ahora busca regresar a la conversación pública por una ruta muy distinta. Lo mismo aparece bailando, que participando en tendencias, grabando videos o tratando de conectar con nuevas audiencias a través de las redes sociales. Y cada quien es libre de hacer lo que quiera con su tiempo, el problema surge cuando se pretende que una estrategia de imagen termine sustituyendo la memoria de una ciudad.
Porque mientras Ramón anda ocupado construyendo una nueva versión de sí mismo para las plataformas digitales, muchos neolaredenses siguen recordando lo que ocurrió durante su administración. Siguen recordando los préstamos millonarios que se contrataron bajo la promesa de resolver problemas de infraestructura, mejorar servicios y transformar la ciudad. Siguen recordando obras que nunca cumplieron las expectativas anunciadas y una deuda que terminó convirtiéndose en una pesada carga para las finanzas municipales durante años.
Y como en política las casualidades casi nunca son casualidades, tampoco pasa desapercibido que detrás de esta repentina faceta de creador de contenido aparecen los mismos personajes de siempre. Ahí está Héctor Canales, quien fuera tesorero durante aquella administración y que hoy dirige al Partido Verde en Nuevo Laredo. Los mismos nombres, las mismas relaciones y, aparentemente, el mismo proyecto político. Canales tomó el control de la estructura verde con un objetivo que cada vez parece más evidente: preparar el terreno para impulsar nuevamente a Ramón Garza Barrios. No se trata solamente de videos o redes sociales; se trata de construir una plataforma para regresar a la competencia electoral.
A decir verdad, uno tampoco termina de entender a qué le tira Ramón con tanto baile. Si lo que quiere es competir como influencer, llegó varios años tarde y además se metió a un mercado saturado. Si lo que busca es entretener, para eso ya existen payasos, comediantes e influencers que lo hacen bastante mejor. Los neolaredenses, francamente, no parecen estar esperando que un exalcalde les enseñe los pasos de moda en TikTok. Pero si lo que realmente pretende es que la gente vuelva a verlo todos los días para ir sembrando una candidatura futura, entonces la estrategia empieza a tener mucho más sentido. Porque en política nadie invierte tanto esfuerzo en hacerse visible sin esperar una recompensa después. Y esa recompensa no son los likes; suele ser el poder.
La apuesta parece sencilla: que las nuevas generaciones conozcan primero al personaje que aparece en redes y después, mucho después, al exalcalde que gobernó la ciudad. Que la conversación se concentre en los videos y no en los resultados de aquella administración. Que la simpatía sustituya a la memoria. Que la imagen termine desplazando al historial político.
Pero hay un problema. La política no funciona exactamente igual que las redes sociales. Un video puede durar treinta segundos. Una administración pública deja consecuencias durante décadas. Los algoritmos pueden ayudar a posicionar contenido, pero no pueden borrar las decisiones que tomaron quienes estuvieron en el poder. Mucho menos cuando esas decisiones terminaron afectando directamente el futuro financiero de una ciudad.
Porque detrás de cada baile, cada video y cada publicación existe una pregunta que sigue sin respuesta: ¿para qué tanto esfuerzo por volver a estar presente en la conversación pública? Nadie que ya ocupó una alcaldía ignora cómo se construye una candidatura. Nadie que ya recorrió ese camino aparece de pronto en redes sociales únicamente por diversión. Quienes conocen la política saben que primero se construye presencia, después cercanía y finalmente se busca el voto.
Al final, el asunto no es si Ramón Garza Barrios sabe bailar, cantar o seguir tendencias. Eso es lo de menos. La verdadera pregunta es si cree que Nuevo Laredo ya olvidó quién fue cuando tuvo en sus manos el gobierno de la ciudad. Porque una cosa es buscar seguidores y otra muy distinta preparar el regreso. Y todo indica que detrás de los bailes no hay una vocación de entretenimiento, sino una vieja aspiración política que vuelve a asomarse.





Deja un comentario