Crónicas del Sur | Por: José Juan Tomás.
Las mantas aparecidas en la capital del país no hacen más que exhibir una realidad incómoda para el Partido Acción Nacional: su discurso anticorrupción se ha convertido en un arma selectiva, útil para atacar adversarios, pero inútil cuando se trata de limpiar la casa propia.
El señalamiento hacia Francisco Javier García Cabeza de Vaca no es menor.
Se trata de un personaje envuelto en acusaciones graves que, lejos de ser enfrentadas con claridad por su partido, han sido rodeadas de silencio, evasivas y una evidente falta de autocrítica. Esa omisión pesa, y pesa mucho.
Porque el problema no es solo un individuo, sino la conducta institucional.
El PAN ha construido durante años una narrativa de superioridad moral, posicionándose como el “contrapeso ético” frente a otros partidos.
Sin embargo, cuando surgen casos dentro de sus propias filas, esa firmeza desaparece y da paso a la conveniencia política.
La incongruencia es evidente: se exige castigo y transparencia hacia afuera, pero se practica la tolerancia y el encubrimiento hacia adentro. Esa doble vara es la que hoy lo coloca en el centro de las críticas, más allá de cualquier manta o consigna.
No se puede hablar de combate a la corrupción mientras se protege —o al menos no se deslinda— de figuras cuestionadas.
No se puede exigir legalidad si no se predica con el ejemplo. Y no se puede aspirar a la confianza ciudadana cuando el discurso cambia según el interés del momento.
Hoy, más que un ataque externo, lo que enfrenta el PAN es el reflejo de sus propias contradicciones. Y en política, pocas cosas pesan más que perder la credibilidad.





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