MARIO ALBERTO LONGORIA GÓMEZ

La primera vez que tuve en mis manos el libro de Eduardo García Máynez, Introducción al Estudio del Derecho, documento que ha formado a innumerables generaciones de abogados en México, no entendí muchas cosas, o casi nada. Es un texto jurídico enriquecedor que contiene, de manera capitulada, la esencia de los fundamentos jurídicos que sustentan las bases de quienes pretenden ejercer, en su momento, la profesión de licenciado en Derecho, o “abogar” por las causas de la sociedad.

Recuerdo que al leer los capítulos, poco más de 33, al inicio el autor nos presentaba conceptos muy básicos, pero muy importantes. Considero que demasiado importantes, como la moral y el derecho. Y no precisamente la moral es, como decía un político, “un árbol que da moras”. La moral es un elemento intrínseco de nuestras actuaciones y, decía García Máynez, la moral es unilateral y el derecho es bilateral. Así continuaba siempre con razonamientos muy didácticos y otros quizá más complejos, llevándonos por un mundo insospechado.

Veinteañero, un joven soñador como muchos universitarios, aprendimos que las paredes, los edificios, las bancas, las aulas y los pasillos, todo en su conjunto de un edificio que denominamos universidad, no se conforma solo con tener un nombre bonito o contar con muchos estudiantes. La referencia obligada y la esencia de una institución universitaria son sus egresados, pero no solo eso, sino que además quienes cuenten con un título profesional tengan elementos que los distingan en la sociedad. ¿A qué me refiero? Precisamente a características humanas: servicio, generosidad y profesionalismo que, además de contar con un acervo jurídico, tengan per se valores que les permitan conducirse dentro de los parámetros morales y éticos en el ejercicio de la profesión.

Recuerdo que uno de los principios de la Universidad de Monterrey está en una de las placas del famoso “sombreado” que existía, quizá ya no, cuando me tocó estudiar allá por los años noventa. Ahora ya todo es muy moderno, pero esa placa establece: “Que el hombre solo se realiza al servicio del hombre”.

Y no se equivoca. Es un principio humanista que encierra todo un cúmulo de situaciones que tienen que ver, como dije líneas arriba, con la moral y el derecho, que es la manera en que empecé este escrito.

Quiero comentarles, en el mismo tenor, pero ya en fecha reciente, que hace días estaba en uno de los tribunales tamaulipecos, en un juzgado. Saludo y bromeo con algunos abogados, parte de la camaradería que existe en una ciudad como la nuestra, donde todos o casi todos nos conocemos. Y le suelto de bote pronto a un compañero abogado, bromeando, le pregunto: ¿qué dice el quinto poder? Aclaro que fue una expresión en broma y me contesta también en broma, pero un poco más serio: “Es que yo soy el tercer poder, recuerda que trabajo en municipio”.

De allí se derivaron una serie de comentarios. Le digo, parafraseando a Montesquieu en Derecho Constitucional —vuelvo a los temas universitarios— que el poder, para su ejercicio, se divide en tres: Ejecutivo, Legislativo y Judicial, iguales entre sí, pero con facultades establecidas en la ley. El Ejecutivo administra el país, el Legislativo le da certidumbre mediante la elaboración de las leyes y el Poder Judicial da certeza jurídica, quien por medio de sus resoluciones cuida y vela por el respeto a la Constitución mexicana y sus leyes.

Hermosas teorías en donde se habla de colaboración entre poderes, entre iguales que, a la hora de la realidad, ya no sabemos dónde empieza uno y termina el otro. En nuestro estado de derecho muchas veces nos damos cuenta de que se queda solo en estado y no hay derecho, ya que desafortunadamente existen muchas situaciones alejadas del contexto jurídico. Pero este es otro tema muy largo.

Viene a mi mente algo que considero importante tratar, aunque sea por la orilla: la confusión entre derecho y justicia. No todo lo legal es justo ni todo lo justo es legal. Piénsenlo. Claro, y gracias a Dios por miles de años se erradicó la ley del talión: ojo por ojo y diente por diente. Aunque ahora, con las condiciones del país, hay personas a las que no les queda de otra más que hacer justicia por sus propias manos, ya que las autoridades en algunos casos tardan mucho en resolver, sobre todo en lo que tiene que ver con asuntos del orden penal.

Ya me extendí mucho. Hay muchos temas que se pueden desarrollar a partir de aquí. Les dejo solo la inquietud de cómo empecé mi texto. En toda actividad profesional, no solo en el derecho, actuemos con principios y valores morales. Conduzcamos nuestro ejercicio profesional con ética. Es desgastante, arbitrario, superfluo y de malos modos llevar a cabo actividades profesionales sin el mínimo pudor, sin el respeto a las personas y a la ley, pensando solamente en la corrupción, en el dinero y en el poder de mover las cosas por encima de los intereses particulares.

Amigos, por hoy es todo. Nos vemos en la próxima.

Mario Longoria es licenciado en Derecho, con maestría en Administración Pública. Publica y escribe En Síntesis desde el año 2000.

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