Fuentes fidedignas. Por: Isaias Alvarez

La memoria de un buen gobierno no se borra con un trago, ni con una foto. Tampico tuvo a un alcalde que se metió en el corazón de su gente no por discursos, sino por resultados. Chucho Nader fue de los pocos políticos que logró algo difícil: gobernar bien y ganarse el cariño de su pueblo. Por eso, si alguien hubiese filtrado una imagen suya en una fiesta, la reacción no habría sido de linchamiento; al contrario, muchos habrían dicho: “Se lo merece, por todo lo que hizo por Tampico”.

Esa es la diferencia entre gobernar y figurar, entre entregar resultados y vivir de la herencia. Esta semana, las redes sociales volvieron a estallar en Reynosa y no por obras nuevas, ni avances en infraestructura, ni mucho menos por acciones contra la violencia. Estallaron por una imagen: Carlos Peña Ortiz, de fiesta en la Ciudad de México, acompañando a Edwin Caz en una fiesta privada. Mientras tanto, Reynosa seguía desmoronándose bajo el peso de sus baches, de su desorden y de su abandono.

La ciudad lleva meses sin alcalde, mas bien con uno de holograma. A ratos aparece, a ratos se esfuma y cuando regresa, no es con obras, sino con escándalos. Carlos Peña no ha tenido una sola semana libre de polémica: que si los contratos sospechosos, que si los viajes, que si las becas politizadas, que si los amparos y ahora, las fiestas. Mientras más se exhibe su desconexión con la realidad, más se acumula la rabia contenida de la ciudadanía.

Chucho Nader, en cambio, dejó huella, fue uno de los alcaldes mejor evaluados del país. A donde iba, la gente lo saludaba con respeto. Logró reelegirse sin comprar lealtades, solo con hechos; hizo de Tampico una ciudad limpia, segura y ordenada. Por eso, si alguien lo hubiera sorprendido con una copa en la mano, la gente habría dicho: “Que brinde, que lo tiene merecido”. Porque lo que se gana con trabajo, ni las fotos lo tumban.

En cambio, lo que se hereda sin esfuerzo, lo destruye una sola imagen. Carlos Peña no ha entendido que su problema no es la fiesta, sino el contexto. No es el brindis ni la fiesta ni la música, es la ciudad destruida; y encima son cínicos, ellos afirman en sus redes que andan imparables, que el plan de obra más grande en la historia de Reynosa, inclusive hasta se pelean con todo aquel que les señale algo. En Reynosa no hay espacio para frivolidades porque hay calles que parecen la luna. Hay colonias que siguen esperando servicios básicos y una ciudadanía que empieza a gritar lo que antes susurraba: quieren fuera todo lo que apeste a Peña Ortiz.

Las redes sociales hicieron su parte, el enojo fue inmediato porque ya no hay paciencia. Ya se cansaron de ver a su alcalde más preocupado por codearse con cantantes y andar tomando que por resolver los drenajes colapsados. La molestia crece, como crece el hartazgo. Y en política, cuando el pueblo se cansa, ni todas las fiestas alcanzan para anestesiar el reclamo.

No es cuestión de partidos, es cuestión de congruencia. Y ahí es donde uno gobernó y el otro apenas posa para las fotos. El tiempo lo dirá, pero para muchos ya está claro: Reynosa merece más, mucho más que un junior fiestero que no ha sabido ponerse los zapatos de alcalde.

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