Por Vicente Hernández
“La muerte no existe, la gente sólo muere cuando la olvidan; si puedes recordarme, siempre estaré contigo.” «Isabel Allende»
Fue precisamente la mañana de ayer cuando leí, el que quizás fue el ultimo texto de mi entrañable amigo Mauricio Fernández Diaz, titulado “Olga Sosa, secretaria ornamental” con el sello característico que sabia imprimirle a sus notas, artículos y columnas, estilo crítico, acido y certero como dardo salido de una jabalina, que hacia blanco seguro a quien o quienes iba dirigido el dardo, desatando una lluvia de opiniones a favor y en contra (del aludido o aludidos claro) pero fue el estilo que lo acompaño durante la parte de su vida que dedico a esta profesión, estilo al cual nunca claudico, a pesar de los descalabros y malos sabores de boca que padeció por su aguda critica hacia los gobiernos de los tres niveles, y que al igual que el torero Lorenzo Garza en el ámbito taurino, Mauricio se convirtió en el “Ave de las tempestades” en el ámbito político.
A Mauri lo conocí entre 1984 y 1987 (no recuerdo bien el año) y como mi línea editorial ha sido también dura y combativa, cultivamos una amistad que duro hasta el día de ayer, cuando de seguro por estar escribiendo se distrajo y lo sorprendió la muerte, durante estos años fuimos compañeros en muchas trincheras, lo mismo en Noticias del Golfo, Prensa de Altamira, El Puerto, Expreso, Debate y Sentido Común, esgrimiendo nuestras plumas (en sentido metafórico) a lado de las de José Ángel Solorio, Manuel Sevilla, Jaime Osante, Víctor Contreras, Alberto Dávila, Jorge Rábago, Héctor Garcés, y las plumas de algunos otros periodistas de gran tamaño, igual de valientes y combativas.
Mauricio será recordado por mí, y muchos de los compañeros periodistas que lo conocieron, como un verdadero artesano de las letras, porque cada texto primero lo cimentaba con una ardua investigación, después iba colocando cada palabra, cada frase, cada oración, hasta edificar un texto bien construido, sin temor a que este se derrumbara, o derrumbaran, y en sus escritos no había desperdicio, porque sacudía conciencias, y enarbolaba con cierto orgullo la bandera de su verdad, pero también supo reconocer el trabajo de sus compañeros, todavía hace poco tiempo me dijo a propósito de una de mis colaboraciones en su revista virtual Sentido Común: “Ándale viejito, escribe sobre este tema con ese estilo que te caracteriza y que mucho me gusta”.
En alguna ocasión le pedí que, si yo muriese antes que él, escribiera sobre mi lapida un epitafio, pero dadas las lamentables circunstancias, seré yo el que le escriba su epitafio, no sobre su lapida, pero si sobre mi texto:
“Aquí yaces cual guerrero,
que sucumbió en la batalla
estas sembrado en la tierra
para que nazca otro de tu talla”
Vaya pues este texto como un pequeño homenaje a nuestro amigo, compañero, hijo, esposo, padre que fue en vida, y en la dimensión que este, esperemos que este descansando en paz.






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