Sin Filtros; por Brenda Ramos
La historia de Ícaro ha sido contada por generaciones como una advertencia sobre los peligros de la arrogancia y la imprudencia. La historia de Carlos Peña, el ahora alcalde de Reynosa, es una muestra de cómo la lección de este personaje de la mitología griega aún tiene relevancia en el mundo moderno.
Peña, al igual que Ícaro, creyó sus propias mentiras de “Volar más alto” hasta que sus alas se derritieron. Su madre no se conformó con heredarle “Sus alas” para “Volar alto” sino que le construyó unas a la medida pintándolas de nuevos colores, blanco y guindo, uniéndolas con cera fabricada con una mezcla de dinero, amistades y empeñando su propia trayectoria que buena o mala, ya había recorrido y de cierta forma significaba un “respaldo” para el neófito político.
Una vez en el cielo, el poder ciertamente lo mareó; a pesar de las continuas advertencias de Maki sobre sus compañías, comportamiento, saber evitar o elegir sus batallas, Carlos no la escuchó y siguió “Volando más alto” y en cada aleteo el oxígeno le dejó de llegar.
Carlos no hizo aliados, no tejió fino en la política en este año y medio al frente de Reynosa. Por el contrario, sus faltas de respeto a sus compañeros de partido, sus traiciones, su persecución con los regidores de oposición, su falta de ganas por solucionar sus problemas legales asegurando con ignorancia que “Tiene fuero”, sus bravuconadas con la prensa, darle protección a sus subordinados a pesar de la corrupción que a todas luces emanan las áreas en las que los encumbró como lo es la dirección de Tránsito con Mario Soria al frente, fueron los errores garrafales cuales rayos ardientes del sol le debilitaron las alas.
Pero su peor desacierto fue la indiferencia, abandono y apatía con las que trató al pueblo de Reynosa, los que por cierto no votaron por él, sino por el presidente Andrés Manuel. Su mal gobierno se ve, se huele y se siente: falta de agua, de alumbrado, de pavimentación, fugas de drenaje por toda la ciudad, pobreza extrema, violencia, asesinatos y feminicidios proliferando en la ciudad más grande del estado terminaron con su “Volar más alto”.
¿Y porque seguimos viendo despreocupado al Ícaro de Reynosa? Porque su madre ha entrado nuevamente al quite. Maki sabe que su hijo no tiene oportunidad de relegirse y por ello se ha empezado a promocionar en todos sus eventos, a fin de que el poder de Reynosa y todos los millones que esta representen no se le escapen y mientras el alcalde insta a todos a divertirse en la feria, a tomar y disfrutar pues él tiene el poder de guardar a los sabuesos a los que él llama tránsitos. Ciertamente es lo único que ha cumplido, pues con tal de “pistear” y pachanguear fue capaz de aplacar a todos los operativos anti alcoholes que continuamente monta por toda la ciudad.
La historia de Peña es un ejemplo de cómo la protección excesiva puede llevar a la ruina. Maki Ortiz, creando un ambiente donde su hijo podía hacer lo que quisiera, sin consecuencias, en lugar de prepararlo para enfrentar las responsabilidades del cargo público, solo lo hundió más en su propia arrogancia. Y a pesar de que Maki sabe que con cada una de sus presentaciones en los eventos de su hijo lo debilita, ridiculiza y relega, lo seguirá haciendo pues a ese par ya no le queda nada a su favor más que los reflectores del ayuntamiento, antes de que hagan efectiva la orden de aprehensión que Carlos sigue teniendo a cuestas.
Carlos Peña no es un caso aislado. Demasiados líderes políticos han sido derrocados por su propia arrogancia y falta de responsabilidad.
La historia de Ícaro es una advertencia clásica, pero su relevancia sigue siendo igual de importante hoy en día. La caída de Carlos Peña y su falta de preparación y responsabilidad como líder, es una muestra clara de cómo la historia de Ícaro sigue siendo relevante en nuestros días.
Esperamos que esta lección sea aprendida y recordada por los líderes actuales y futuros, y que se evite que la arrogancia y la falta de responsabilidad lleven a la ruina a individuos y comunidades enteras.






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